OCCIDENTE Y LA MUERTE DEL MITO DEL AGUA
Gonçal Mayos, es un filósofo que se adentra en las profundidades del agua-símbolo… de aquella en que se producía la metamorfosis de la muerte en vida, la que simboliza semen y matriz… nacer y crecer… el símbolo de la génesis.
Por: Daniel Zueras
Fotos: Estefanía Abad
El filósofo catalán Gonçal Mayos se mostró abiertamente crítico en El Faro con la sociedad occidental y su desprecio al agua como símbolo, llegando a matar el mito con el que las sociedades primigenias habían convivido y, es más, adorado.
Mayos explicó cómo la cultura europea construyó la actual percepción del agua, hasta llegar hasta la crisis que vivimos hoy. El comenzó preguntándose si es posible que mueran los símbolos…. Su respuesta fue afirmativa: “la decadencia del símbolo del agua demuestra la evolución de nuestra moderna sociedad, con la racionalidad como símbolo”.
En las sociedades antiguas el agua era el lugar en el que se producía la metamorfosis de la muerte en vida, “ha simbolizado semen y matriz; germinar, nacer y crecer. Es el símbolo de la génesis”.
Pero hablar de agua como símbolo de vida, de calmar la sed, no tiene tan solo una vertiente física, sino “también el anhelo espiritual”. Un ejemplo de ello está en el cristianismo, donde en el evangelio de San Juan se dice “quien tenga sed que venga a mí y beba”.
Un tercer significado del agua es el de corrupción y muerte. El mar siempre estuvo vinculado de manera íntima a la muerte, así como a la vida, una fuerza generadora que simboliza, también el castigo como posibilidad de regeneración, tal y como describe el Antiguo Testamento con el diluvio universal.
El vínculo de la dualidad vida-muerte esta ligado al lugar que permite unir tanto física como espiritualmente mundos distintos. Físicamente, los ríos y el mar unen pueblos diferentes a través del comercio, y espiritualmente río y mar hacen que la vida y la muerte se den la mano.
Sin embargo, todo ese respeto y mundo místico del agua –indico Mayos- comenzó a perderse hace mucho, con los antiguos griegos, quienes comenzaron a privilegiar al transportista, al marino, y se olvidaron del agua. Se comenzó a domesticar el agua a través de presas y canales. Previo a ello el agua era un misterio, y como tal era venerada, existía para con ella “respeto, miedo, admiración, pero dejó de dar miedo y se le discutió el poder de dar vida o muerte”.
A partir de ese momento los técnicos y políticos que lograban llevar el agua a los puntos que la necesitaban tuvieron preeminencia sobre el líquido elemento. “Se le negó su poder generador, su ser sustancia, y lo verdaderamente poderoso pasó a ser el hombre, que la podía canalizar”. Esto trajo un problema añadido, se dejó de pensar en las exigencias ecológicas del agua “relegadas por las propias de la política y la técnica, o peor aún, por los políticos y los técnicos”.
Mayos recordó que una vez que Atenas dominó el agua, hubo un relevo en las deidades. Poseidón, el dios del mar, fue derrotado por Atenea, la diosa de la astucia guerrera, la agricultura y la cultura, “la fuerza natural vencida por la política”. Y el poder en ese momento dependía del control del agua.
El siguiente paso fue el molino, con el control del salto del agua. La humanidad se volvió sedentaria y aprendió a ver la oportunidad del agua como fuente de energía, lo que supuso el primer paso hacia la industrialización. Ahí fue el eslabón de la épica a la industria, lo que conllevó la “desacralización del agua”. Y más todavía con la llegada de los combustibles fósiles, que sustituyeron al agua como principal fuerza motriz, quedando el molino como un elemento romántico,decorativo.
Para Mayos “hemos perdido la capacidad de ver su misterio, y ella ha perdido su incontrolabilidad”, incidiendo en la banalización “y de aquí nacen muchos vicios de nuestra sociedad”. A medida que se ha extendido el progreso en occidente, ha decrecido la importancia del agua.
“Al comparar los ríos mitológicos con los actuales, se pasó de una valoración como vivificador a lo que permite el comercio, a una preocupación meramente instrumental”. Incluso se le niega su aspecto más característico “el de saciar la sed, en lo espiritual y en lo físico”, con las bebidas carbonatadas. “La capacidad del agua para apagar la sed atenta contra el supremo ídolo de la sociedad actual, el consumo”.
Pero “no todo ha terminado”. Existe una corriente ecológica “que permite recuperar el entendimiento de que el agua es condición de vida a un nivel que no podemos entender. Su uso actual no puede impedir el uso para generaciones futuras. Más allá de nosotros, el agua y la naturaleza deben subsistir. Agua para todos pero no para cualquier cosa, no despreciando el resto de necesidades de la vida”.

